jueves, 28 de mayo de 2009

PERDONAR...SE Coloquialmente se dice que el perdonar “libera”, que regresa la paz al alma o a la mente, según las creencias de cada quien. Sin embargo el perdón se da de manera espontánea, no por esfuerzo o recomendación, como cualquier emoción que podamos sentir. Aunque insistamos con la mejor intención para que nuestro familiar o amig(a) o paciente, deje ir el rencor o el dolor que siente “perdonando”, no lo lograremos. ¿Por qué razón? Porque el perdón es el final del camino, no el inicio, es la meta de un proceso y no un acto aislado que podamos hacer voluntariamente. Vale la pena hacer una distinción importante: puedo hacerme el propósito de perdonar a alguien lo cual me pone en camino para iniciar la proceso completo. Eso sí depende de la voluntad y de la convicción de que perdonar, a fin de cuentas, nos devolverá la paz interior. Es lo más que puede lograr nuestra recomendación: motivar a alguien a iniciar el proceso, a disponerse a perdonar cuando llegue el momento. Veamos el proceso como tal: El inicio es darnos cuenta de que guardamos, efectivamente, rencor a alguien por algo que nos hizo o que andamos deprimidos, dolidos, amargados, tristes, porque alguien nos traicionó. Es posible que no hayamos comprobado aquella traición o ultraje pero lo más importante es contactar y reconocer la sensación de rencor, de cuenta pendiente, de dolor pues puede pasar mucho tiempo sin que lo registremos y vayamos actuándolo de manera inconsciente. Una vez que lo registramos hay que vivirlo, ponerle atención, conocer ese malestar a fondo. Si es posible y fuera de ayuda, lo mejor será hablarlo con la persona o personas en cuestión y escuchar lo que esa(s) persona(s) tenga(n) que decir a su favor, con la certeza de que el escucharlos no obliga a perdonar inmediatamente de manera forzada, simplemente se hace para incluir la otra versión de los hechos en nuestro proceso. Después lo que toca es “dar tiempo al tiempo”, es decir convivir con nuestras reflexiones y sentimientos al respecto el tiempo que sea necesario, negociando con nosotros mismos de acuerdo a nuestras propias faltas y a las cosas buenas que haya habido en la relación con esa(s) persona(s), para entonces enfrentar el siguiente paso: el perdón o la ruptura. Si la relación puede continuar bajo el lema de “ todos nos equivocamos y merecemos una segunda oportunidad” entonces solamente seguiremos alimentando estas reflexiones hasta sentir que se puede dejar ir, como dicen “perdonar de corazón” la ofensa, tal vez sea necesario pedir una compensación o un compromiso a quien nos ofendió y con eso terminar con ese asunto para poder seguir adelante sin arrastrarlo. Si definitivamente no hay posibilidad de compensación o reparación, el fin de la relación es lo que sanará esa herida. Los tiempos para cada persona son diferentes y durante el proceso es normal estar irritable y con estados de ánimo cambiantes, eso es algo que forma parte del proceso y el que ha agraviado debe estar preparado para tolerar estos altibajos y compensarlos en caso de que reconozca su culpa; si no la reconoce, al menos el agraviado no debe aumentar su malestar juzgándose duramente por su inestabilidad emocional. Una última consideración acerca del perdón: perdonar trae paz al alma/mente, porque al perdonar a otros nos perdonamos a nosotros mismos nuestras propias faltas. Hasta cierto punto, sin dañarnos a nosotros mismo(as), (que ése sea el parámetro, el límite), perdonar a otros nos lleva a perdonarnos aquellas faltas que cargamos en forma de culpas.