miércoles, 29 de abril de 2009

LA DIFERENCIA ENTRE SER UNA VICTIMA Y ACTUAR COMO UNA

Muchos de nosotros hemos tenido una infancia difícil o al menos desconcertante en la que nuestras necesidades no fueron cubiertas en mayor o menor medida tanto en lo material como en lo afectivo o ambos... Esas experiencias han contribuido a que no percibamos la realidad de la manera más amable posible. Posiblemente estemos sintiendo que la gente pretende abusar de nosotros(as), burlarse, desquitarse, engañarnos, etc ...siendo estas sensaciones desagradables y hasta dolorosas. La diferencia entre ser una víctima y actuar como una reside en lo que hagamos con estas percepciones deformadas de nuestras relaciones. Puedo hacer contacto con mis fallas de percepción, mis errores en la interpretación de los actos de los demás y abrazar sus causas aun cuando sean dolorosas, es decir, aceptar que viví una infancia/adolescencia llena de abusos, de desengaños, de traiciones, sin respeto ni amor suficiente, dolerme de ello y aceptar humildemente mis orígenes, mi punto de partida, tratando de compensar esas carencias pasadas con relaciones de mejor calidad en el presente: cálidas, respetuosas, armónicas, divertidas o bien, puedo ir haciendo pagar a los demás la factura de mi pasado: te abandono antes de que me abandones (porque seguro lo harás), te engaño antes de que me engañes, te lastimo antes de que me lastimes (porque mi bolita mágica me dice que todos los seres humanos que se acercan a mí son como mis padres, hermanos, abuelos, tíos, primos y se comportarán exactamente como ellos... pero yo ya aprendí a defenderme, ¡Ya verán!). Si te reconoces una víctima de los errores y dolores que generación a generación han lastimado a tu familia, te conocerás mejor a ti mismo(a) y podrás decidir qué haces con ese legado (que seguramente te ha dado también bellos tesoros)y serás amo(a) y señor(a) de él, tú lo dominarás, no te dominará él a ti. Si no lo reconoces, no lo abrazas, no lo aceptas, andarás por el mundo sin conocerte y disfrazado(a) del rol de victimario, haciendo pagar a los demás por el sufrimiento que clama dentro de ti. Si te reconoces víctima puedes volverte resiliente con todos los dones que esto da, te harás responsable de tu dolor y de su reparación y podrás multiplicar este bien para otros que hayan sufrido igual que ti. Si actúas como víctima andarás de lamento en lamento tratando de suscitar la culpa en otros por lo mucho que tú sufres y esta esterilidad también se multiplicará dejándote más solo(a) en tu dolor. ¿Qué eliges? Marisol Achirica
Resiliencia: En pocas palabras es la capacidad de superar los eventos críticos, traumáticos de tu vida debido a tus recursos personales y redes sociales principalmente.

La aceptación y no aceptación de la muerte en la vida cotidiana

La desconexión que tenemos en occidente entre cuerpo/alma, entre emociones/acciones, entre deber/querer, junto con los elementos de globalización que enumera Kenneth Gergen (1997) en “El yo saturado” cuando analiza los estilos de vida con tecnología de bajo, medio y alto nivel y el número de opciones que tenemos a nuestro alcance en la vida diaria, lleva al ser humano a una situación en la que encuentra frecuentemente que no está en ninguna parte en realidad, es decir, a nivel de conciencia y de satisfacción, como un “estar y no estar” paradójico. Comenta Gergen a manera de introducción:
“…Al filo del mediodía ya estaba agotado: todas mis horas se habían consumido en el proceso de la relación con otras personas -cara a cara, por carta o electrónicamente- dispersas en distintos puntos de Europa y Estados Unidos, así como en mi pasado. Tan aguda había sido la competencia por este “tiempo de relación” que virtualmente ninguno de los intercambios que mantuve con esas personas me dejó satisfecho.”
Es decir, si nos encontramos desempeñando una labor profesional internamente nos sentimos insatisfechos por no pasar más tiempo en casa, descansando, divirtiéndonos, o con la familia y si se encuentra en cualquier otra actividad pensamos/sentimos que es tiempo perdido económicamente, que debería estar actualizando la computadora de casa o haciendo ejercicio.
Siempre dividido, siempre estar sin estar, siempre consciente que el mundo actual ofrece mil y un posibilidades mediante las conexiones a Internet ahora accesibles en casi cualquier punto del planeta. Cualquier minuto de espera en una fila nos saca de quicio pues es tiempo perdido que pudimos haber “aprovechado” en alguna otra actividad más productiva.
Al mismo tiempo la responsabilidad moral parece haberse reducido a su mínima expresión: “Siento que debería estar más con mi familia, o trabajando o descansando pero….”, siempre las circunstancias son más poderosas y “nos hacen estar en donde no queremos y hacer lo que no deseamos”. Si bien este estado pudiera catalogarse como “neurosis” también el budismo zen nos habla de que cuando nos desconectamos del presente, nos desconectamos de nosotros mismos y la iluminación está lejos.
"Ningún alumno Zen se atrevería a enseñar a los demás hasta haber vivido con su maestro al menos durante diez años. Después de diez años de aprendizaje, Tenno se convirtió en maestro. Un día fue a visitar a su Maestro Nan-in. Era un día lluvioso, de modo que Tenno llevaba chanclos de madera y portaba un paraguas. Cuando Tenno llegó, Nan-in le dijo: Has dejado tus chanclos y tu paraguas a la entrada ¿No es así? Pues bien: ¿Puedes decirme si has colocado el paraguas a la derecha o a la izquierda de los chanclos? Tenno no supo responder y quedó confuso. Se dio cuenta entonces de que no había sido capaz de practicar la Consciencia Constante. De modo que se hizo alumno de Nan-in y estudió otros diez años hasta obtener la Consciencia Constante. El hombre que es constantemente consciente, el hombre que está totalmente presente en cada momento: ése es el Maestro.” (Mello, A., en El canto del Pájaro)
Sea cual sea la manera de clasificar esta insatisfacción crónica de la vida moderna y las vías que se han desarrollado a lo largo de siglos para remediarla o prevenirla, hace tiempo que pienso que tiene una implicación omnipotente de no aceptación de la propia muerte. Para todos es familiar el hecho de que los productos y la comercialización están arraigados, en gran parte, en este miedo irracional a nuestro destino común: una vida limitada en tiempo. Productos que prometen negar el paso del tiempo y alejar a la muerte, que nos darán salud sin importar la genética o contaminación ambiental alguna. Este tema es demasiado conocido como para ahondar en él. Demos por sabido que una cultura que niega o pretende negar la muerte es porque no la acepta o al menos no la comprende y que esto tiene sus signos y síntomas como cualquier enfermedad, en este caso, una enfermedad social. Por ejemplo: el consumismo y la insatisfacción crónica, dos caras de una misma moneda. Aceptar vivir de frente la muerte, saber que camina a nuestro lado, como Don Juan Matus enseña a su discípulo en Viaje a Ixtlán, nos da una perspectiva diferente:
“La muerte es nuestra eterna compañera. Se halla siempre a nuestra izquierda, a la distancia de un brazo tras de nosotros. La muerte es la única consejera sabia con la que cuenta un guerrero. Cada vez que el guerrero siente que todo anda mal y que está a punto de ser aniquilado, puede volverse a su muerte y preguntarle si ello es cierto. Su muerte le dirá que se equivoca, que en realidad nada importa salvo su toque. Su muerte le dirá: «Todavía no te he tocado.»” (Castañeda, C. Viaje a Ixtlán, 1973)
Frente a la muerte nada importa pues el final de nuestra vida no forma parte de las experiencias de la vida, escapa a la conciencia. Lo que me hace pensar que en realidad nadie muere (es decir, nadie experimenta la muerte) sino que todos vivimos hasta el final de nuestra vida. La muerte sólo es una experiencia para los testigos que quedan. Podemos experimentar sufrimiento, agonía pero la muerte en sí es el fin de la conciencia como la conocemos. Al menos eso puede especularse ya que no podría comprobarse. El hacer una cosa a la vez nos pone en diálogo con nuestras limitaciones, acentuadas por la individualización de la cultura. ¿A qué me refiero con estas limitaciones culturales? A que la cultura en occidente eleva la individualización como valor supremo en contraposición con otros tiempos en los que el individuo sólo era en función de la sociedad a la que pertenecía, y siempre valía menos que el grupo. En Oriente me parece que este proceso no se ha radicalizado todavía. Si bien yo he sido beneficiaria de esta individualización progresiva pienso que cuando se vive en comunidad, al tiempo que uno realiza una labor otros realizan las suyas y al final del día 10, 20 labores han sido llevadas a cabo. Cuando se vive de manera individual cada una de las 20 labores te tomará un día, sólo puedes hacer una cosa a la vez y lo que no hagas tú no lo hará nadie. Esta individualización social fomentada por la paranoia y el apego a las apariencias puede ser mitigada por la familia. En una familia funcional los objetivos comunes se alcanzan entre todos y las metas individuales se facilitan gracias a la colaboración de los demás. El la vida comunitaria hay más tiempo libre y para el esparcimiento que, paradójicamente, suele gastarse comunitariamente. Es en la individualidad en donde se siente profundamente el dicho de Octavio Paz:
“Soy hombre, duro poco, y la noche es inmensa”

He aquí en donde la necesidad de elegir cuenta más: de todo lo que me ofrece el mundo moderno (conexión global, diversión sin límites, actualización constante, eficiencia total) debo elegir qué hacer, de todo lo que me ofrecen los vestigios del mundo tradicional (la familia, la religión, las labores manuales), debo elegir… porque sólo puedo hacer una cosa a la vez y como dejaré de vivir eventualmente, sé que habrá muchas cosas que dejaré sin hacer… Pienso que si no puedo dialogar con la muerte a mi izquierda como Don Juan le dice a su discípulo, Genaro, no seré capaz de aceptar que las miles de posibilidades que se multiplican a cada instante quedarán sin hacer excepto una, la que lleve a cabo, sea ocio, creación, trabajo, convivencia, ejercicio, esparcimiento, aprendizaje, oración… Cualquiera que sea mi opción implicará una renuncia a cientos de posibilidades más, o al menos de otras diez disponibles al momento…eso me acerca a la realidad que plantea mi muerte: sólo se puede llevar a cabo un número limitado de actividades mientras estamos vivos, después hay que dejar espacio para los que vendrán porque a fin de cuentas los individuos no cuentan tanto como la humanidad en el devenir del tiempo cósmico, y aún ahí la humanidad es demasiado breve. Por eso trato de frenar mi neurosis de insatisfacción crónica con una respiración que me enfrente a mi muerte y con la noción de que al final nada importa pero al mismo tiempo sólo importa lo que hayamos hecho… por lo que, frente a mi muerte me pregunto: qué quiero hacer, cuál es mi aporte a la humanidad para entonces yo delimitar mis deberes, delimitarlos del exterior: de cualquiera que me diga debes hacer esto o aquello, sean conexiones a Internet, sean reuniones sociales, sean diversiones o trabajos…les digo que no, que debo hacer lo que debo hacer porque si no lo hago yo nadie lo hará o, si es algo más trivial, porque si no lo llevo a cabo no podré luego continuar con mi deber en la vida. La disociación trabajo/diversión, deber/querer, pensar/sentir, se disuelve, o mejor dicho, se resuelve. Muchos de los grandes de la humanidad no distinguían, distinguen, entre trabajo y diversión porque en su labor cotidiana nunca se disociaron de su deseo, de su realización y se las ingeniaron para ser uno en el mundo, participando en él con aquello que más los realizaba. Sé que muchos no tenemos la opción de hacer esto de la noche a la mañana pues no se cambia de estilo de vida de un día para otro fácilmente…pero también sé que muchos sí tenemos la opción y no la vemos o al menos no la vemos cerca, y que, de cara a la muerte, como nuestra aliada, hay que intentarlo pues no tenemos nada que perder, sólo vivir. Esto parece un discurso del sentido de la vida, me doy cuenta, y creo que efectivamente está conectado. Exista o no un sentido de la vida predeterminado, cósmico, las acciones que uno lleva a cabo deben surgir de la libertad interior cuyo único límite es la mortalidad y el respeto al prójimo, a la humanidad que somos nosotros también.
Logremos hacer como cuando éramos niños. Un niño juega totalmente sumergido en su juego sin desear estar en otra parte haciendo otra cosa porque si así fuera, ya no estaría jugando….y está/es jugando (jugando a mi vez un poco con el idioma inglés que puede ayudar a traducir mejor la idea: the child IS playing, lo cual significa tanto como que el niño está jugando como que ES jugando, no está jugando mientras ES en otra parte de su mente.) Marisol Achirica 28/04/09